
Las Ramblas: el latido modernista de Barcelona
Mil dos cientos metros separan Plaza Cataluña del monumento a Colón. Mil dos cientos metros que concentran, en una sola línea recta, toda la contradicción de Barcelona.
Empezamos a caminar a las siete de la mañana, cuando los limpiadores aún baldean los adoquines y el olor a pan recién horneado escapa de los hornos de la calle Petritxol. A esta hora, Las Ramblas no son las Ramblas de las postales: son una avenida tranquila, casi melancólica, donde se escuchan los pasos sobre los mosaicos de Joan Miró.
El primer tramo: la Rambla de Canaletas
La fuente de Canaletas marca el inicio del recorrido. Cuenta la leyenda que quien bebe de su agua vuelve siempre a Barcelona. Junto a ella, los aficionados culés celebran los títulos del Barça. Pero a primera hora solo hay un par de turistas tomándose fotografías y un señor mayor leyendo La Vanguardia en un banco.
Mercado de la Boquería
Cien metros más abajo, el mercado más fotografiado de Europa abre sus puertas. Los puestos de jamón, las pirámides de fruta, las paradas de pescado recién llegado del puerto: la Boquería es el corazón gastronómico del barrio, y también el momento en que el silencio matinal se rompe definitivamente.
"Las Ramblas son un río que baja al mar arrastrando a todos los que cruzamos Barcelona". — Eduardo Mendoza
El Liceu y el mosaico de Miró
A la altura del Gran Teatre del Liceu, el suelo se transforma. El mosaico circular de Joan Miró —rojo, amarillo, azul y negro— marca el centro exacto del paseo. Es uno de esos detalles que la mayoría pisa sin mirar; conviene detenerse.
El final: el puerto y el Mediterráneo
El monumento a Colón cierra el recorrido. Desde su base se ven los yates del Port Vell, las gaviotas, el azul. Hemos tardado dos horas en bajar lo que se puede caminar en veinte minutos, y aun así nos queda la sensación de haber visto solo una capa.
Las Ramblas se viven distinto a cada hora. Volveremos al atardecer.